La Regenta

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La Regenta

Pienso que fue Wieland quien mencion√≥ que los pensamientos de los hombres valen mucho m√°s que sus acciones, y las buenas novelas mucho m√°s que el g√©nero humano. Va a poder esto no ser verdad, pero es precioso y consolador. Precisamente, semeja que nos ennoblecemos traslad√°ndonos de este planeta al otro, de la verdad en que somos tan p√©simos a la ficci√≥n en que valemos mucho m√°s que aqu√≠, y v√©ase por qu√© raz√≥n, en el momento en que un cat√≥lico el h√°bito de pasar de forma f√°cil a mejor vida, ideando personas y tejiendo hechos a imagen de los de por aqu√≠, le cuesta no poco trabajo regresar a este planeta. Asimismo digo que si agradable es la labor de crear g√©nero humano recre√°ndonos en ver cu√°nto sobrepasan las especiales figurillas, por ramplonas que sean, a las vivas figuronas que junto a nosotros bullen, el regocijo es mucho m√°s profundo en el momento en que visitamos los talleres extra√Īos, ya que el caminar siempre y en todo momento en los propios trae un desasosiego que amengua los bienestares de lo que vamos a llamar creaci√≥n, por no tener mejor nombre que ofrecerle. Esto que digo de conocer talleres extra√Īos no significa exactamente una tarea cr√≠tica, que si de este modo fuera yo detestaba semejantes visitas en lugar de amarlas, es recrearse en las proyectos extra√Īas sabiendo de qu√© manera se hacen o de qu√© forma se procura su ejecuci√≥n, es buscar y asombrar las adversidades vencidas, los aciertos simples o logrados con poderoso esfuerzo, es buscar y agradar entre los pocos bienestares que hay en la vida, la admiraci√≥n, a mucho m√°s de exitaci√≥n, necesidad imperiosa en toda profesi√≥n u trabajo, ya que el contemplar entendiendo que es la respiraci√≥n del arte, y el que no admira corre el riesgo de fallecer de asfixia. El estado presente de nuestra cultura, dudoso y un poco enfermizo, con desalientos y suspicacias de enfermo de aprensi√≥n, nos impone la cr√≠tica afirmativa, consistente en charlar de lo suponemos bueno, guard√°ndonos el juicio desfavorable de los fallos, desaciertos y estupideces. Se ha ejercido tanto la cr√≠tica negativa en todos y cada uno de los √≥rdenes, que por ella quiz√°s llegamos a la insalubre pr√°ctica de creernos un pueblo de est√©riles, completamente inepto para todo. Tanta cr√≠tica fatalista, tan porfiado regateo, y habitualmente negaci√≥n de las caracter√≠sticas de nuestros contempor√°neos, nos han tra√≠do a un estado de temblor y ansiedad continuos, absolutamente nadie se atreve a ofrecer un paso, por temor de desplomarse. Pensamos bastante en nuestra debilidad y terminamos por sufrirla, pensamos que se nos va la cabeza, que nos duele el coraz√≥n y que se nos vicia la sangre, y de tanto decirlo y pensarlo nos observamos estresados de atroces sufrimientos. Para persuadirnos de que son ilusorios, no ser√≠a malo suspender la cr√≠tica negativa, dedic√°ndonos todos, si bien ello parezca extra√Īo, a infundir √°nimos al enfermo, dici√©ndole: ¬ęTu debilidad no es mucho m√°s que pereza, y tu anemia procede del sedentarismo. Lev√°ntate y anda, tu naturaleza es fuerte: el temor la enga√Īa, sugiri√©ndole la desconfianza de s√≠, la iniciativa errada de que para nada sirves ahora, y de que vives muriendo¬Ľ. Convendr√≠a, ya que, que los censores disciplentes se callar√°n por cierto tiempo, dejando que alzasen la voz los que repartan el ox√≠geno, la alegr√≠a, la admiraci√≥n, los que incitan todo esfuerzo √ļtil, toda idea fecunda, toda iniciativa feliz, todo acierto art√≠stico, o de cualquier orden que sea. Escribi√≥ Alas su obra en tiempos no lejanos, en el momento en que and√°bamos en aquella procesi√≥n del Naturalismo, marchando hacia el templo del arte con menos pompa oratoria de la que antes se utilizaba, descuidadas las vestiduras caballerescas, y realizando gala de la ropa utilizada en los actos recurrentes de la vida. A varios impon√≠a temor el tal Naturalismo, crey√©ndolo portador de todas y cada una de las fealdades sociales y humanas, en su mano ve√≠an un enorme plumero con el que se planteaba adecentar el techo de id√≥neas, que a los ojos de √©l eran como telara√Īas, y una escoba, con la que deb√≠a barrer del suelo las virtudes, los sentimientos puros y el lenguaje aceptable.

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